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El Coronel no tiene…

Salieron con los brazos en alto. Los soldados que estaban desalojando el edificio golpeaban sin compasión a hombres y mujeres. Algunos sangraban de heridas re-cientes, producto del baleo al que habían estado some-tidos durante varias horas. Los colocaron contra la pared. Las manos afirmadas en la muralla, el cuerpo inclinado hacia adelante, las piernas abiertas.

Había recibido la orden de revisar las pertenencias de los detenidos. Eran todos marxistas peligrosos, por eso las Fuerzas Armadas se habían decidido a actuar. En caso contrario, las víctimas habrían sido ellos, los soldados de la patria. Tenían el pelo largo, barbas y las mujeres, panta-lones. Eran extranjeros en el fondo. Actuaban a favor de una potencia extranjera. ¿Qué sería eso de potencia? Seguramente algo grande, malo. Si revisaban bien todas estas cosas a lo mejor hasta podían ascenderlo. Había que tener mucho ojo, especialmente con los documentos.

Los prisioneros seguían en la misma posición. Algunos heridos trataban de enderezarse, pero los culatazos los volvían a la posición original.
Realmente no había encontrado nada importante. Maldita suerte. Quedaba muy poco por revisar. Los otros tampoco habían encontrado armas. Seguramente las habían botado antes. Pensándolo bien no estaba muy seguro si desde el edificio habían respondido los disparos. Pero, cómo no iban a responder, eran unos extremistas.

Ahora quedaba sólo el bolso de la última del grupo. Era buenona. Morena de pelo largo, las piernas no se le veían, también usaba pantalones. Pero eso se iba a terminar. No entendía muy bien por qué, total se veían bien las cabras, pero había que restaurar las buenas costumbres tan pisoteadas por los marxistas.

Abrió el bolso de tejido multicolor. Las mismas cosas de siempre. Rouge, espejo, lápices, pinches, una libreta. Pero también había un libro, forrado en papel de diario. Lo abrió, decía clarito: “El coronel no tiene quien le escriba” *. El ascenso. Ahí estaba una de las pruebas que tanto se buscaba. Siempre habían tratado de infiltrar a las Fuerzas Armadas, a lo mejor era un manual para espías. El tal Márquez, seguramente un cubano.

Se enderezó. No pudo dejar de mirar a la morena. Había dado vuelta la cara, estaba llorando, era casi una niña.
–¡Qué mirai p´atrás, marxista de mierda! – era la voz del cabo. El culatazo casi la botó al suelo. Lloraba más fuerte.
–¿Y vos, qué encontraste?
Escuchó un nuevo sollozo. Lentamente metió el libro al bolso.
–Nada, mi cabo, nada.