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La Tarde pintando Imágenes

Cuando llegamos a este lugar tenía una pequeña mancha blanca en la base de la uña de uno de mis dedos, precisamente del anular. Hoy me di cuenta que había llegado a la punta. Suelo comerme las uñas, así pronto desaparecerá. Se sostiene a veces que comerse las uñas es signo de nerviosismo o de falta de calcio, no creo en ninguna de las dos causas, pienso que se trata más bien de una mala costumbre.

Dos moscas recorren la ventana, seguramente buscan los últimos rayos del tibio sol de otoño. Suena una bocina, se escucha el taconear de los zuecos. Estamos cerca, solamente siete u ocho pisos, pero estamos muy lejos. No nos podemos asomar a la ventana. Los ruidos de los vehículos ya nos son familiares. Son distintos los sonidos de los motores de automóviles, camiones u ómnibuses.

La vieja máquina de escribir está sobre la mesa. Es extraño, pero esta situación nos ha movido a escribir. A escribir poesías, ensayos, novelas o simples relatos como éste. Me tiendo sobre las frazadas que en la noche nos protegen del frío. Cierro los ojos, aparecen manchas de colores, adquieren formas y se desvanecen. Los rayos del sol ya calientan muy poco. Amarillo, amarillo intenso, casi rojo. Un compañero se cortó la lengua para no hablar. A otro le mostraron el cuerpo del amigo caído, las balas en la espalda. La compañera violada. Rojo, sol rojo, esfera roja.

Llevamos días, meses, años. Nada podemos hacer. Sólo vivir, vivir tan lejos y a la vez tan cerca. A veces, disimu-ladamente observamos el mundo. Hombres y mujeres atraviesan la calle, caminan por la vereda. Han marcado con franjas amarillas el cruce de los peatones, segu-ramente forma parte de la disciplina militar. Sin embargo, nadie las toma muy en cuenta. En la esquina el bote manicero blanco, muy blanco, con ruedas altas y delga-das. El puesto de diarios, parece que no faltara ninguno, pero sabemos que ya no están los nuestros.

Negro, caracol negro. Han muerto muchos, unos pocos luchando, la mayoría simplemente asesinados. Hay quienes parecen encontrar un placer morboso en los relatos de las torturas. Fusilaron a un muchacho de doce años. El cantante escribió versos con las manos que-bradas, lo asesinaron a golpes. Negro, todo negro.

Nosotros esperamos. ¿Esperamos qué? No estamos se-guros. Azul, mar, río. El Mapocho arrastraba los cadá-veres de los compañeros muertos, asesinados. Azul, mar. Verde. Árbol verde, verdes hojas. Siento pasos, gritos. Suben la escalera, botas militares. Nos arrinconamos en la pequeña pieza, empujamos el armario contra la puerta. El gordo llora, nadie trata de consolarlo. No tenemos casi nada para defendernos. Golpean la puerta. Disparan. Cae el gordo. Sangre. La puerta no resistirá. Disparan de nuevo.

No quiero morir. La sangre mancha la camisa. Cae el armario. Ellos no deben verme retorciéndome de dolor. Gris. Los dolores no son tan fuertes. Tenía una mancha blanca en la uña. Las moscas estaban en la ventana. Hay compañeros muertos en la tortura. Sangre, rojo, sol rojo. Hay muchos muertos. Negro, caracol negro. La má-quina de escribir sigue en la mesa… tenía una mancha blanca. Negro. Queda un poco sol, pero hace frío. Negro, negro, negro.