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En Tren

En la salida de la estación se cruza con tres muchachas adolescentes. Juan les sonríe. ¿Cuál es el motivo de risa, turco de mierda? – grita la más alta.

Los trenes alemanes son rápidos, mucho más que los chilenos. Hay que bajarse del Nocturno en San Rosendo, tomar un pipeño o comer un sandwich, de jote dicen, los pájaros negros que se han tomado el pueblo. El viaje entre Munich y Essen no permite interrupciones.
¡Em Es Fau ist homosexuell, homosexuell, homosexuell!
Han adaptado una melodía a las tres letras y a las cuatro palabras. Juan no la conoce. Siguen el ritmo golpeando puerta, paredes y ventanas.
¡Em Es Fau ist homosexuell…

En Munich su discurso ha sido exitoso, acogido con los puños en alto e innumerables ¡Hoch die internationale Solidarität! Lo ha preparado concienzudamente como siempre, las cifras de los organismos internacionales son irrebatibles. Empanadas, vino tinto italiano marca Lambrusco. Zampoñas, charangos y guitarras. Chile no es tan andino, piensa. Casi no conoce la Cordillera por dentro. Sólo una, dos veces un paseo al Cajón del Maipo. Un tarro de cerveza golpea la ventana. Nota un poco de espuma blanca y el líquido en el vidrio. Escucha risotadas. Trata de leer “El rodaballo”.

El ruido viene ahora del pasillo. ¡Ef Ce über alles, über alles in der Welt! Una letra prohibida. “Vuestros pechos valientes soldados”, cantan en Chile. El Estadio Nacional, el gorro con la insignia de Colo-Colo. Santos con Pelé. Las graderías manchadas de sangre. “Vuestros pechos…”. ¡Immer wieder, immer wieder, immer wieder Ef Ce Ka! Una melodía desconocida.

Son cuatro o cinco. Continuamente escucha los disparos secos de los tarros de cerveza que se abren. Siente golpes en la puerta. Casi al instante logran abrirla. Rostros rojos se acercan. ¿Y este canaco? Uno de los muchachos agarra el maletín de Juan y lo lanza al pasillo. Volantes y papeles se desparraman. ¡Y ahora tú cerdo! El libro cae al piso. Se ve envuelto en una nube de alcohol y sudor. Lo agarr-an, pisan los anteojos. Escucha las carcajadas de los sol-dados, siente los culatazos. ¡Cerdo extranjero! ¡Marxista de mierda! Juan cierra los puños y golpea con toda su fuerza. El sabor es el mismo y luego la oscuridad.

Alguien le ayuda a levantarse. Trata de recoger los papeles que llevan las huellas de los botines y de la cerveza. Se arrodilla. Ve letras borrosas. El pescado en la portada de la novela de Günter Grass nada en sangre. Es imposible ordenar los papeles, los arroja al maletín. En uno de los pequeños baños del tren se lava la cara. Está aclarando, un día gris se avecina. Busca un compartimento vacío para los últimos minutos del viaje. Essen Hache Be Efe. Ha vuelto.