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Travesía

No sabe por qué tiene que partir. La guerra ha quedado atrás. Las bombas, las metrallas, los gritos. Han llegado soldados africanos y pan blanco. De la ventana cuelga una bandera que no conoce, roja y azul con una estrella blanca. Nos protege dice el padre, igual que el brazalete en que se lee “Américain”. Es francés, pero los soldados no son franceses, vienen de más lejos.

El “Sendero Negro”, que los separa de Rheinfelden, es verdaderamente negro. Enormes abetos lo ahogan y está tapizado con pinochas oscuras. Lo atraviesan en la bi-cicleta marca Adler. El padre habla, pero él no escucha las palabras. De repente se da vuelta, tenemos que volver dice, tendrás que mejorar tu español. El hombre mayor pedalea con más fuerza.

El niño está sentado en el asiento reservado para los bultos, encima de una tabla. Sabe decir perro, buenos días, camisa de dormir y camarote.

Las despedidas son tristes, pero la madre no llora. Nunca lo hace en público. El camión está cargado, son muchos baúles con una gran franja blanca, todos numerados y con las letras R. H., las iniciales del padre. Encima de los bultos va la bicicleta. En un lugar cualquiera atraviesan la frontera. Francia está de fiesta, celebrando el Día Nacional. París no es París. Es una ciudad horrible. Ni siquiera la Octava Maravilla lo impresiona. Nunca más podrá jugar fútbol con los amigos. No lo dejan recoger la moneda que está en la pisadera del taxi.

El puerto se llama Marsella. Es la primera vez que ve el mar. La “Reina del Pacífico” los traga. No han partido, pero el barco se balancea como esos juegos que odia. Vomita. El camarote estrecho lo sofoca. Lo instalan en cubierta, allí se quedará. Los niños españoles le pegan. Buenos días dice, camarote malo.

No puede comer. En algunos puertos logra bajar. En Kingston compra un pez espín y una pequeña cabeza de indio hecha de greda. Ha encontrado veinte dólares en un escondite, ahora le pertenecen. Observa los peces voladores que sólo saltan, no vuelan. En el Canal de Panamá el barco es arrastrado por otras naves. El movimiento permanece. Echa las tripas afuera.

Chile no es un país, sólo arena. En Antofagasta al menos hay pelícanos, grandes pájaros que parecen aviones de juguete. No pueden bajar a tierra. Tienen que llegar a Valparaíso. Están todos en la cubierta. El padre muestra los cerros. Hemos llegado, aquí está la patria. La madre no responde. El niño apenas se mantiene en pie, tiene escorbuto, dice el médico vestido de blanco.