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El Regreso

Le llamó la atención que el reloj se hubiera detenido las 12.40. La torre de la estación mostraba signos de abandono. Fisuras, grietas, vidrios rotos, la pintura rojiza descascarada. Las dos palmeras a la entrada, más altas que el recuerdo.

En el interior, el mural cargado de Historia había sido restaurado quince años atrás. Lo van a salvar, dijo la mujer de la boletería.

En los rieles frente al andén un tren amarillo, azul y blanco tocado por el óxido con letras y números apenas des-cifrables. Z-156. Los dos relojes paralizados en momentos distintos, a la 1.05 y a las 6.20. Registró 13.05 y 18.20 en la libreta, no supo por qué. Los otros rieles vacíos. Recordó el tren de carga que lo había acogido cuarenta años atrás en su primera noche en la Ciudad.

A un costado de la estación un enorme búnker sin terminar. El moderno supermercado. Atravesó la pequeña plaza. Se vio reflejado canoso en las ventanas de una de las nuevas construcciones. En la calle aledaña buscó el número 11. Habían alterado la numeración de pares e impares y el número buscado había desaparecido. Sin embargo, el edificio de concreto seguía habitado, el movimiento de las cortinas rotas, de color grisáceo, le daba vida. Dos palomas anidaban en la boca del tubo de desagüe amarillo.

De regreso a la Plaza reconoció el conquistador inmóvil y el mástil frente a los edificios públicos junto a la placa que recordaba los cuatrocientos años de la Ciudad.

Se detuvo en la zona peatonal, sumergido en los rostros buscó facciones, escrutó movimientos. No encontró sonrisas, gestos, ni ademanes. Hombres y mujeres pasaban indiferentes. Sintió atropellos y pisotones. Logró mirar la hora, su reloj marcaba la 1.05.