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Cabeza de Venado

Hombres de ternos negros y ojos rasgados bajan del furgón. En la plaza del mercado apuntan con las má-quinas. Se escucha un aullido. ¡Robaniños! Arrojan pie-dras. El rojo cardenal devora las telas negras. El chofer, rociado con bencina, estalla en llamas. Cae al suelo el diario con la noticia de Todos Santos Cuchumatán.

Esteban está sentado en la última fila del bus de las 8.30, FDN-Transportes Fuente del Norte. El asiento tiene el número 33. Carmen está adelante, con el 34. Junto a él dos turistas australianas. El pasillo atochado. Las palmeras pasan a una velocidad cada vez mayor y con ellas los techos de paja. En el portaequipajes, junto con bultos de tela y bolsas de plástico, gallinas y cerdos, entre papeles de diario manchados con sangre, asoma una pequeña cabeza de venado. La voz del predicador apaga el gruñir y el cacarear de los animales.

El bus se detiene. Suben dos policías. Revisan los bultos. Las metralletas negras gatillan el pasado, pero en sus uniformes nada dice de Ejército. Sólo les interesa la cabeza de venado, preguntan por el propietario. Nadie responde. Todos son obligados a descender. Separan a Esteban, Carmen y las dos australianas del resto. No los dejan observar los interrogatorios, pero sienten los gritos. Están a pleno sol. Beben pequeños sorbos de la botella plástica con mineral tibia que Carmen ha rescatado de alguna parte. Esteban cierra los ojos, se tapa los oídos. Se ve corriendo una vez más en medio de dos filas de militares diminutos. Siente los culatazos en columna y riñones. Entra al Ministerio de Defensa. Está encadenado. Lo llaman. Vuelven a subir a la camioneta de carabineros. Al bus.

De la cabeza de venado sólo queda la hoja de papel de diario manchada con sangre. Esteban ha cedido su asiento a una mujer de manos morenas, cuyo nieto revienta en aullidos ante los tres rostros blancos que lo han rodeado. Se alterna con una de las australianas. Tratan de comunicarse con vestigios de inglés. Dicen que están cerca de Río Dulce. Esteban pide el “Lonely Planet”. Las páginas están rayadas y llevan anotaciones con lápiz de pasta rojo, el lomo despegado. “Conver-sación en La Catedral” ha circulado por todas las celdas. Tikal ha quedado atrás con sus pirámides levantadas por constructores que flagelaban los arquitectos. Da vuelta las páginas, busca un alojamiento en Livingston. El libro habla de un golpe militar.