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El Hallazgo

Atravesamos el lecho seco de un río. Los trajes de protección y las máscaras antigases han eliminado toda diferencia visible entre nosotros. Sólo distingo a Karla, más grácil y esbelta que el resto. Las botas pesadas frenan nuestros pasos. A ambos lados de lo que fue una calle, ruinas amenazantes. Tres, cuatro palmeras se han mantenido en pie. Nos abrimos paso entre los escombros.

A la izquierda una pequeña colina color tierra, sin vegetación. A la derecha dos cerros con restos de árboles, más atrás la cordillera nevada. Una muralla destruida, ladrillos con vestigios rojizos. Al frente montañas negras, sólo negras. Dos arcos emergen, las pesadas puertas metálicas están cerradas.

Los segundos arcos están caídos, anclados en ellos siguen portones de fierro forjado, con barras terminadas en flecha. Cuatro rostros enormes grabados en piedra. Fragmentos de una gruesa plancha de mármol, con letras grandes: AMO, ROC y la palabra MAR. Cruces de fierro, de piedra. Pequeñas casas intactas. Huesos blancos. Cráneos.
Muchas piedras en que reconstruimos familia. Y una pequeña figura femenina del mismo material.

Trozos de plancha marmórea con largas listas de nombres. Algunos borrados por la fuerza de la naturaleza. Fechas, números. Delante de cada nombre una cruz. Karla abre la mochila y saca las herramientas. Minuciosamente limpia las inscripciones.
–Son distintas las cruces – dice – algunas son negras, lo extraño es que las otras no llevan color alguno.