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Petrópolis

–Ayer conocí a una poeta chilena, voy a cocinar para ella – digo.
Lotte sonríe. La casa blanca en la colina nos ha devuelto nuestra alegría.
–¿Wiener Schnitzel? – pregunta.
–O Tafelspitz, depende de la carne que consiga. De postre haré Knödel o Apfelstrudel. Todavía no identifico bien todas las frutas que hay aquí.

Insistí en ir a Petrópolis. Buscar huellas. Destinos. Simi-litudes.
–¿Stefan Zweig, es chileno? – pregunta Adrián.
No es fácil explicar nuestra presencia aquí.
–Era austríaco. Se refugió en esta ciudad.
–¿Por qué?
–Por su raza, su religión.
–¿Era negro?
–No.

Adrián es moreno y delgado. Maneja un taxi antiguo. Ha hecho suya nuestra búsqueda. La morada blanca a media colina.
La casa de campo es pequeña. Sólo tenemos una mi-núscula sala de estar y dos dormitorios. Pero la terraza es amplia y me sirve para trabajar.
Escribo mis memorias, sólo hablo del mundo de ayer. Es una tarea ardua porque de todo mi pasado no llevo conmigo más que lo que conservo detrás de la frente. Al mismo tiempo, sin embargo, me siento libre, desprendido de todas las raíces y aun de la tierra que las nutría. Si así le dejamos a la próxima generación sólo una astilla de verdad de nuestro mundo, nuestra actuación no habrá sido totalmente en vano.

Gabriela llega temprano. Me habla en poesía, de Petrópolis. Un derramamiento de colinas, una danza desordenada de mujeres felices con sus percales co-loreadas. Me cuesta entenderle. Conversamos también de la comida austríaca.
Más tarde quiere saber de nosotros.
Miro a Lotte.
–Estamos bien, muy bien – respondo –. Todo me recuerda a Klein-Ischl, mi Höhenkurort austríaco preferido. La naturaleza, con sus mil formas de belleza, me consuela, pero todos los días siento de nuevo la pérdida del mundo que es mío y de mi idioma.

Pasamos a la Casa del Barao de Mauá. Nos atiende una dama alta, muy elegante. Poco nos aporta respecto a Stefan y Gabriela. Se están haciendo esfuerzos para abrir sus casas, nos cuenta. Obtenemos una de las direcciones, la de Gabriela no la encuentra. De los orígenes del barrio Valparaíso nada sabe.
– A lo mejor es por Stefan Zweig – dice Adrián.

Lotte, con su vestido multicolor, se ve particularmente hermosa. Es febrero, en Río, todo está marcado por el carnaval. Junto con el desayuno me llega el periódico. Los titulares me impactan, hablan de la caída de Singapur. “Resistencia imposible. Profundo pesar en el Imperio Británico”. Desaparece el colorido y la música. Lo único que deseo es volver. Volver es regresar a Petrópolis.

Ordenamos la pieza. El frasco de Veronal está encima del velador. Me pongo la camisa café castaño. Lotte me ayuda con la corbata negra. Ella lleva la enagua estam-pada con flores. Dejo las cartas sobre el escritorio. Nos acostamos, estoy de espalda. Siento su brazo en el pecho. Estiro el brazo y tomo el frasco.

Adrián detiene el taxi. Pregunta varias veces. Estamos en la Rua Goncalves Dias. Avanzamos un poco más.
–Esta es la casa – señala.
Un portón de fierro forjado negro cubierto de tejuelas rojas. Toco el timbre. Nadie responde. Los dueños no están. La casa efectivamente es blanca. Hay palmeras. Muy cerca del portón una placa. Trato de descifrarla. Sólo hallo unas irrisorias fechas.